PASIÓN POR VIAJAR

MIS COMIENZOS: BURGOS

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VIAJAR

Empecé a viajar prácticamente desde mi nacimiento, ya que nací en Valencia, pero mis padres residían por aquel entonces en Albacete, así que supongo que mi primer viaje fue Valencia-Albacete. Pero mi consciencia de viajera se remonta a cuando tenía aproximadamente cuatro años. Por aquel entonces pasaba los veranos en Burgos, con mis abuelos paternos. El viaje a Burgos, en esa época (los años 70), me parecía toda una aventura, casi como una peli de Indiana Jones. Primero madrugón para coger el tren, que creo recordar era el Ter, luego llegada a la estación de Atocha en Madrid y corriendo a pillar un taxi para ir a la estación de Chamartín. Mi turismo por Madrid, en aquel entonces, se reducía a 2 estaciones de tren y la vista de la Cibeles desde el taxi.

FUENTE DE LA CIBELES (MADRID)

En Chamartín comíamos mientras esperábamos el Talgo de Bilbao, que pasaba por Burgos.

LOS TRENES DE LOS AÑOS 70:
TER, TALGO, CORREO

Una vez en el tren había que prestar atención al anuncio por megafonía que decía: próxima estación Burgos. Cogíamos rápidamente la maleta y corríamos veloces hacia la puerta ya que aquí apenas paraba dos minutos. Asomada a la ventanilla veía a lo lejos los picos de la catedral y mi corazón se aceleraba impaciente.

LAS AGUJAS DE LA CATEDRAL DE BURGOS

Toda la odisea de correr de un lado para otro había valido la pena, cuando veía a mi abuelo Pablo, sonriente en el andén saludándonos. Entonces se abría la puerta y yo salía disparada como un cohete corriendo hacia él.

  • LA ESTANCIA

Recuerdo a mi abuelo llevándome a visitar la catedral a las doce de la mañana, para que la niña viera como abría la boca el famoso papamoscas del reloj. Todos los años visitamos la catedral y a mi me fascinaba los pináculos, las luces del sol que entraban a través de las vidrieras y por supuesto las historias fascinantes que contaba el guía como la del cofre lleno de piedras con el que el Cid engaño a unos usureros para que le prestaran dinero… (En el próximo post os cuento toda la historia)

EL COFRE DEL CID (CATEDRAL DE BURGOS)

Durante mi veraneo también visitábamos otros lugares que, pese a mi corta edad, me fascinaban, como el monasterio de las Huelgas, la Cartuja de Miraflores y San Pedro de Cardeña, donde los frailes tenían a la venta un famoso licor que ellos mismos elaboraban con hierbas y que llevaba por nombre Tizona, como la famosa espada del Cid, lo que ya da idea que es «fuertecito».

Nunca olvidaré la visita al Museo del pintor burgalés Marceliano Santamaría. Mi abuelo me acercaba a las pinturas y yo solo veía manchas, pero luego me decía aléjate y entonces como por arte de magia aparecían los preciosos paisajes castellanos. Así es como descubrí el impresionismo.

Estoy segura, que todas estas visitas, de una forma inconsciente, sembraron en mí las ganas de conocer más historias, tantas que terminé estudiando la carrera.

“Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” 

Pero no todo era cultura, también había gastronomía de la buena, como la sopa de ajo de mi abuela Sara, para mi la mejor del mundo, o las chuletas de lechal para merendar en el parque de Fuentes Blancas.

PARQUE DE FUENTES BLANCAS (BURGOS)

Y los domingos después de misa tocaba la visita a las tascas para el aperitivo. Los tigres, los cojonudos… del Pancho, las patatas bravas de la Cabaña Arandina… que recuerdos. Claro que al llegar a casa ya no tenía mucha hambre…entonces había que darle a la niña un chupito de Kina San Clemente para abrir el apetito.

KINA SAN CLEMENTE
  • EL RETORNO:

La vuelta del viaje era lo peor. Las combinaciones de trenes entre Burgos y Madrid para luego enlazar con el tren de Valencia eran pésimas. Además de la despedida, que siempre es triste, había que añadir que el viaje solía ser en un tren correo. Este tipo de tren paraban en todos los pueblecitos habidos y por haber, eso cuando no descarrilaba y tenían que venir los vecinos de pueblos cercanos a socorrernos con algo de comida y agua. Solíamos terminar el viaje en un autocar, que desprendía un mareante olor, mezcla de combustible y escai.

AUTOBUS AÑOS 70 DE LA LINEA DE AUTO-RES

Por si esto fuera poco… había que añadir el tema de “la maleta”. Por esas fechas aún no llevaban ruedas y ligera ya te digo yo que no era. El motivo no era otro que la maleta nos la preparaba con mucho esmero mi abuela.  Ríete tú de la famosa japonesa: Marie Kondo, autora del libro: la Magia del orden … Una aprendiz al lado de mi abuela Sara. Estoy segura de que ella fue la que inventó el “Tetris”. A la ropa que llevábamos, mi abuela, estratégicamente añadía: Un queso, un par de deliciosas morcillas de arroz, unos rollitos fritos dulces (que son los que le gustan a la niña y en Valencia no hay…), unos ajos de la feria de San Pedro, el delicioso chorizo picante del pueblo, elaborado artesanalmente por la tía Mode y no podían faltar las deliciosas conservas de bonito y de ciruelas del árbol del huerto, que ella misma elaboraba con mucho esmero. A todo ello hay que añadir las cajas de almendras garrapiñadas para la familia de Valencia.

ALMENDRAS GARRAPIÑADAS DE BRIVIESCA (BURGOS)

Todo perfectamente envasado para que no desprendiera olores. El único inconveniente era que ni un levantador de piedras vasco podía con ella.  

LEVANTADOR DE PIEDRAS VASCO

Menos mal que los ángeles existen y siempre encontrábamos alguien dispuesto a echarnos una mano para subir y bajar la maleta… Recuerdo en una ocasión, un chico sentado frente a mí en el vagón del tren correo, cuyo aspecto desaliñado me daba miedo…Pues ese chico resultó ser “nuestro salvador”. No sólo nos ayudó con la maleta, sino que gracias a él conseguimos enlazar con el tren de Valencia que estaba a punto de salir.

Posdata: Las apariencias a veces engañan… para bien.

No te pierdas la próxima semana el interesante Post:
“ EL CID, DE VASALLO A PRINCIPE”
En este Post descubriremos este personaje histórico fascinante que pasó de ser vasallo del rey de Castilla a Príncipe de Valencia.

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